Somos más en casa, y ese motivo
tan bien justificado me alejó un poco de las actualizaciones en el blog y la
presencia en las redes sociales, pero ya retomo las entradas, precisamente con
mis vivencias en el nuevo rol.
Les cuento que permanezco
con el sueño viejo, cerrando madrugadas en que parece concluir la jornada
diaria para mi nieta Ainhoa, cada vez más animada, ahora con 50 días de nacida,
ya entre sonrisas y gorjeo, que no hay quien la mire con reproches sino con las
emociones propias de vivir cada cambio.
Después de 12 días de
espera, con ingreso en el hospital, su nacimiento ocurrió el 5 de diciembre,
luego de 24 horas de una inducción que se había anunciado fallida, lo cual me
tuvo medio perdida hasta que el abuelo materno me trajo la buena nueva de que
el parto estaba próximo a ocurrir, en lugar de la cesárea.
A las 10 y 18 de la mañana
aconteció el feliz suceso, capaz de llenarme de un instante de felicidad
inmenso, no experimentado desde hacia muchos años, e imagino se iluminó mi
rostro como ocurre solo en grandes ocasiones, tal vez por mi carácter más bien
flemático.
El anuncio del buen estado
de salud de madre e hija lo siguió mi entrada al alojamiento conjunto, y al
primer encuentro con mi nieta todavía estaba en la incubadora, demostrando la
fortaleza de los pulmones a vivo llanto, como ya lo hacían los latidos de su
corazoncito desde los exámenes prenatales. Mi hija me recibió también
fortalecida, a pesar del complejo proceso de parto.



Alberto, mi hermano
residente en Holguín también asistió al acontecimiento familiar, como también
lo hicieron mi hermana Marisbel y su hija Yaimí, mi sobrina más apegada que
está en trámites de atención médica y estamos deseando mucho que no surjan
mayores complicaciones.
De la rama paterna de la
nieta también ha existido suficiente apoyo, lo cual posibilita una buena
armonía y lo agradezco mucho porque entre todos tratamos de hacerle la vida más
llevadera al joven matrimonio y su hija.